miércoles, 18 de septiembre de 2013

La huida

          Iré a la estación y tomaré el primer tren que salga, no me importa adonde vaya con tal que sea lejos de aquí. De este infierno que me está matando día a día. De esta prisión que me encadena, que me roba la vida y anula mi libertad...
 
 
 
          Quiero hacer y decidir lo que quiero ser. ¡Quiero ser libre...y feliz! ¿Es eso malo?
 
 
        La mujer terminó de hablar consigo misma, abrió la puerta de la casa y atravesando la habitación, en la que estaban los demás, se dirigió a la cocina y comenzó a preparar la cena.
 
 

                                              
 
 
 
  

sábado, 14 de septiembre de 2013

Todo al revés



                                 La farola en el mar.




             





El barco aparcado.



 
         Los pies para arriba y la cabeza no se sabe.


                   ¿Hay mayores despropósitos?

                          Sí, los de quienes nos gobiernan.

martes, 10 de septiembre de 2013

Viaje a Samarcanda

           Existe una ciudad que al oir su nombre nos evoca tiempos lejanos de aventuras y leyendas, me refiero a Samarcanda,-ya mencionada en los cuentos de "Las mil y una noches"-, que tuvo gran importancia en la Ruta de la Seda y por la que pasaron culturas tan diferentes como la persa, la griega con la conquista de Alejandro Magno, la árabe, la mogol y la ruso-soviética.
 
 
    
 
 
 
 
   Tamerlán o Timur Lang la hizo capital de su imperio a finales del siglo XIV,-que se extendía por las actuales Pakistán, Afganistán, Turkmenistán, Uzbekistán, Siria, Irak, Irán y parte de la India, Turquía y  Rusia -, y fue entonces cuando alcanzó un gran florecimiento.
 
 
 
 
 
 
 

      Mezquita de Bibí Janin, 
                                                                                      esposa de Tamelán.
 
 

 
                                                        Gur Emir. Mausoleo de Tamerlán.
 
 
                   Las monumentales construcciones son un claro ejemplo de la grandeza de aquella época.
 
 
            Pero la joya de Samarcanda es la Plaza de Reguistán, lugar magnífico por la grandiosidad de los tres monumentos que la conforman.
 
 
 

          El primero que se construyó fue la madraza de Uluz-Bek donde se impartieron clases de astronomía, matemáticas, filosofía y cuya fachada está cubierta por mosaicos con dibujos geométricos que brillan en vivos colores sobre un fondo amarillento de mármoles y terracotas.
 

 
          En el interior hay un patio que está rodeado por dos plantas con 56 habitaciones en las que vivían dos estudiantes en cada una.
 
 

                                                
 
 

 
          La madraza de Shir-Dor está situada enfrente de la de Uluz-Bek y fue edificada después, en el siglo XVII. El mosaico de su fachada es excepcional y hallamos en la parte superior el dibujo de unos tigres, con unos soles de cara oriental sobre sus lomos, atacando a unos gamos. El conjunto es de gran belleza.
 

                                                            
 
 
          Situada entre las dos madrazas anteriores se encuentra la de Tillia-Kari que tiene dos galerías a los lados con ornamentación con detalles de oro.
 
 
 
              En la actualidad, si geográficamente se quiere situar Samarcanda hemos de ir hasta Asia Central, y allí en un país llamado Uzbekistán la hallaremos, aunque si queremos encontrarnos con la ciudad de historias y leyendas habremos de viajar por los caminos sin límites de la imaginación.
 
 
 
 
 
 
          
 
 
 
 
 
 
 



 


Uzbekos



          Las gentes de Uzbekistán son amables; no se molestan si les haces una foto sin permiso.


                                                                   





                    A veces, si te ven con la cámara, posan para que les fotografíes.


 

 
 
 
 

 







 
 


sábado, 7 de septiembre de 2013

Atrapa la vida



                           Atrapa la vida. Vive el momento, es único e irrepetible.
 
 

                                                     
 

jueves, 5 de septiembre de 2013

Sed

           Aparcó donde pudo y se lanzó ansioso por las calles en busca de algún establecimiento donde pudiera beber lo que fuera. Había recorrido kilómetros y kilómetros perdido por aquella estrecha, sinuosa y solitaria carretera que le condujo hasta un pueblo olvidado que no tenía ni nombre, ya que ningún cartel indicador a la entrada lo revelara.


    
    Tenía la boca y la lengua resecas y su cuerpo reclamaba con urgencia algo líquido. Se alegró cuando sus ojos leyeron: BAR, pero al llegar a la puerta lo halló cerrado. Buscó un supermercado y tuvo igual suerte. Entonces se percató de la terrible realidad: que eran las tres de la tarde del  mes de agosto y que estaba en un pueblo mediterráneo soportando una temperatura superior a 45º C. Todo lo cual hacía que a esa hora los habitantes del lugar estuvieran protegiéndose del caluroso clima dentro de sus hogares, durmiendo la siesta o amodorrados y traspuestos ante el televisor recostados en sus cómodos sillones.


          Siguió vagando hasta llegar a una plaza en la que en el centro había una fuente. Sintió gran alivio puesto, que por fin, podría beber. A pesar de que no salía nada de sus surtidores supuso que habría agua estancada debajo de aquellos, -tal era su desesperación que no le importaba que estuviese corrompida-, y cuando llegó con el rostro acalorado y la cabeza ardiendo se encontró con un vacío recipiente de cemento.



 
 
           Atravesó la plaza recibiendo los implacables rayos solares con toda su intensidad y se encaminó hacia la casa más cercana; llamó al timbre con la esperanza que le dieran de beber, pero no contestaron. Fue a la siguiente y golpeó la puerta. Obtuvo la misma respuesta.


         Tuvo ganas de llorar aunque no pudo hacerlo puesto que ya no le quedaba líquido en su cuerpo, entonces se sintió mareado, notó que no tenía fuerza y, como pudo, se acercó al mínimo espacio que había entre dos coches aparcados y agarrándose al maletero de uno se fue desplomando hasta quedar sentado en el bordillo de la acera. Y con un brazo apoyado en el parachoques del vehículo y con la otra mano agarrada a las defensas del otro automóvil musitó con la escasa energía que le quedaba: Agua, agua...

 



          Permaneció en esta situación un tiempo eterno para él, hasta que al levantar los ojos del suelo se halló ante un perro negro que, inmóvil, le miraba fijamente. Luego su cuerpo se desplomó sobre el ardiente asfalto y la última sensación que recordó fue la de la lengua del perro lamiendo su piel en una húmeda caricia.

domingo, 1 de septiembre de 2013